No había identidad ni pasado en la habitación de Virginia ni en la oficina del cuartel, no había equipaje ni memoria. Lo que uno hubiera hecho hasta entonces no importaba, no le serviría de salvación ni de excusa. La vida anterior, los libros anteriores, no existían. Había que empezar otra vez, y abstraerse delante del ordenador de modo que la noche llegara sin que me diese cuenta. La penumbra del atardecer era la misma en Virginia que en San Sebastián, y la reverberación violeta de la pantalla del ordenador me hacía acordarme del papel volviéndose más blanco y más vacío en la máquina de escribir a medida que progresaba la noche y yo no encendía la luz eléctrica en la oficina para no descubrirle a nadie mi presencia. Por entonces, unos meses después de mi llegada al cuartel, yo ya no era un lamentable recluta, sino casi un veterano, y me había organizado la vida con un cierto confort, en mi calidad privilegiada de oficinista, o de escribiente, como decían los militares, con un arcaísmo que a mí no me desagradaba.

En San Sebastián, en el regimiento de cazadores de montaña Sicilia 67, en aquel mundo desastrado y hermético, entre la brutalidad, la disciplina, el ruido de botas y fusiles, el embotamiento diario, la extenuadora paciencia de seguir aguantando para tachar otro recuadro en el almanaque, yo me encerraba con llave en la oficina de la compañía para instaurar una tregua, para inventar el espacio lacónico de la habitación que he buscado siempre: paredes vacías, una mesa, una silla de respaldo recto, una ventana, un teclado sobre el que escribir. En los sueños todo se vuelve simultáneo, pero tal vez en eso, que nos sorprende tanto, es en lo que los sueños más se parecen a la realidad.

Hacía mucho que no soñaba con que volvía al cuartel, pero la sensación de aislamiento y de lejanía que encontré en Virginia, el silencio que se iba extendiendo cada noche a mi alrededor, en el bosque que había al otro lado de la ventana, como un océano de oscuridad, se parecieron mucho al aislamiento, a la lejanía y al silencio que iban creciendo en el cuartel cada noche, al mismo tiempo que se levantaba la niebla sobre el río Urumea.



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