Aquella maleta la había traído mi tío Manolo de la mili, de un sitio que a veces se llamaba Melilla y a veces África, al que había llegado navegando en un barco y donde había pasado una eternidad, ya que el único permiso que le dieron no pudo aprovecharlo por falta de dinero para hacer el viaje. Volvió muy moreno, con una chaqueta oscura y una camisa abierta sobre el pecho, con el pelo muy corto, con un desahogo como de legionario o de indiano, desconocido para mí, y mientras mis abuelos, mi madre y mis otros tíos se abrazaban a él en el portal y lo besaban entre lágrimas al cabo de dos años de no verlo yo miraba la superficie de la maleta, los extraños dibujos que se formaban en ella, su hermoso volumen geométrico, su materialidad de madera y metal, su condición posterior de cofre o cavidad mágica de la que mi tío fue sacando ecuánimes y modestos regalos para cada uno de nosotros.

Los primeros días, tras su regreso de la mili, los adultos, mis tíos, conservaban aquel aire de veteranía y heroísmo, aquella excepcionalidad con la que ocupaban un lugar en la casa, en la cocina, charlando junto al fuego, en la mesa, a la hora de la comida, cuando les hacían arroz con conejo y les servían las mejores tajadas, hablando incluso con un acento extraño, que se les había pegado en el ejército y que tal vez ellos exageraban por un deseo instintivo de singularidad. O hablaban más alto o era que la casa, desacostumbrada a sus voces, las repetía con ecos desconocidos, más intensos, como los de las voces de una película oída desde lejos, sonando en la noche de julio en un cine de verano.

Podían volver muy morenos, con un bronceado como tropical o marítimo, casi dorado, más llamativo todavía en aquellos tiempos en los que nadie tomaba el sol por gusto ni veraneaba frente al mar, sin la opacidad huraña y seca que daba el sol del trabajo a la piel de los hombres.



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