Podían volver más blancos, y eso les añadía otro prestigio, como el de las manos cuidadas y sin callos, un prestigio de oficinistas y de curas, de gente que engordaba saludablemente sin necesidad de martirizarse bajo el sol. Luego se iban volviendo solubles en la vida común, guardaban para siempre la camisa de picos abiertos y la chaqueta liviana que habían traído del ejército, iban perdiendo el color tostado y africano de la piel o la blancura suave de las manos, y ya no era que volviesen a la vida que dejaron antes de marcharse al cuartel, sino que se habían hecho bruscamente mayores, que habían envejecido, que estaban atrapados por el trabajo y el tedio de la vida adulta, noviazgos y misas de domingo por la mañana, trajes oscuros en Semana Santa y en el Corpus, bodas, hijos, talleres mecánicos, barriga, calvicie, y sus relatos militares, los mismos de aquel primer día en el portal, o de la primera comida de arroz con conejo y sangría para la celebración, se les iban gastando, se les estropeaban igual que los dientes, exactamente igual que se les había gastado y estropeado la vida, no por una crueldad particular del destino, sino porque las cosas eran irremediablemente así, y lo mismo que había un tiempo para que el pelo encaneciera o se cayera y para que a los hijos empezara a cambiarles la voz había existido otro tiempo prodigioso de descubrimientos, audacias y viajes que era el de la mili, la primera y la última vacación que se tomaban en la vida.

Porque aún seguían hablando de la mili, al cabo de los muchos años, y ya eran víctimas de una nostalgia mecánica que encontraba su resonancia en mi propia memoria de testigo, en mis recuerdos de infancia: aquellas cartas sobre hojas rayadas, aquellas fotografías, las cartillas militares, el aire de novedad que traían los mayores al volver del cuartel, el romanticismo del héroe que vuelve, que nunca es más héroe que cuando vuelve y que sin embargo perderá su heroicidad por culpa del regreso. Venían cargados no de trofeos sino de narraciones y de nombres, volvían de aquel viaje y ya no se marchaban nunca más.



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