El asunto no había tenido los devastadores efectos que se esperaba porque Livia apreciaba a Beba, la mujer de Mimì, y al propio Mimì. Se quejó un poquito, eso sí, pero Montalbano estaba convencido de que todo había terminado. Sin embargo, se equivocaba de medio a medio. En su llamada de la noche siguiente, Livia le salió con una historia inesperada:

– Busca enseguida una casa por esa zona con dos dormitorios y salón en primera línea de playa.

– No lo entiendo. ¿Por qué tenemos que irnos de Marinella?

– ¡Pero qué tonto eres, Salvo, cuando quieres hacerte el tonto! Yo estaba hablando de una casa para Laura, su marido y el niño.

Laura era la amiga del alma de Livia, aquella a quien le confiaba los misterios gozosos y también los menos gozosos de su vida.

– ¿Vienen aquí?

– Sí. ¿Te molesta?

– Para nada, ya sabes que Laura y su marido me caen muy bien, pero…

– Explícame ese pero.

¡Bueno, ya empezaban!

– Yo pensaba que por fin podríamos pasar un poco más de tiempo solos y…

– ¡Ajajá!

Estilo bruja de Blancanieves y los siete enanitos.

– ¿Por qué te ríes?

– Porque sabes muy bien que la que va a quedarse sola seré yo, yo, ¿comprendes?, mientras que tú te pasarás todo el día y puede que también toda la noche en la comisaría con el asesinado de turno.

– No, Livia, pero qué dices, aquí en agosto, con el calor que hace, hasta los asesinos esperan a que llegue el otoño.

– ¿Eso qué es, un chiste? ¿Tengo que reírme?

Y así se había iniciado la larga búsqueda con la ayuda poco decisiva de Catarella.

– Dottori,creo que he encontrado una casita como la qui busca usía en el término de Pezzodipane.

– ¡Pero el término de Pezzodipane está a diez kilómetros del mar!

– Muy cierto, pero en compensación hay un lago artificial.



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