
Después el señor Callara contó una historia anterior, es decir, el cómo y el porqué de la construcción del chalet, con todo lujo de detalles. Unos seis años atrás, un septuagenario que se llamaba Angelo Speciale, natural de Montereale pero que se había pasado toda la vida trabajando en Alemania, decidió construirse un chalet para regresar definitivamente a su pueblo con su mujer alemana, la cual se llamaba Gudrun, era viuda y tenía un hijo veinteañero de nombre Ralf ¿Estaba claro? Muy claro. Angelo Speciale viajó a Montereale en compañía de su hijastro Ralf, se pasó todo un mes buscando el lugar adecuado, lo encontró, lo compró, le encomendó el proyecto al aparejador Spitaleri y esperó un año a que terminaran la obra. Ralf permaneció constantemente con él.
Después ambos regresaron a Alemania para el traslado de los muebles y todo lo demás a Montereale. Pero sucedió una cosa muy rara. Como a Angelo Speciale no le gustaba volar, viajaron en tren. Sin embargo, al llegar a la estación de Colonia, el señor Speciale no encontró a su hijastro, que viajaba con él en la litera de arriba. La maleta del joven estaba en el compartimento, pero de él no había ni rastro. El revisor de noche dijo que no lo había visto bajar del tren en las estaciones anteriores. En resumen, Ralf había desaparecido.
– Pero ¿después lo encontraron?
– ¡Qué va, señor comisario! Desde entonces jamás se ha sabido nada de nada de ese chico.
– ¿Y el señor Speciale vino a vivir a la casa?
– ¡Eso es lo bueno! ¡Nunca! El pobre señor Speciale, cuando no hacía ni un mes que había regresado a Colonia, cayó por la escalera, se golpeó la cabeza y murió, pobrecillo.
