Acordaron que al día siguiente Livia iría a ver a Laura con el vehículo de Salvo, quien, total, podía pedir que fueran a recogerlo a casa con un automóvil de la comisaría, y se quedaría todo el día con su amiga.

Por la tarde, cuando terminara su trabajo, Montalbano pediría que lo llevaran a Pizzo y juntos decidirían dónde cenar.

Al comisario le pareció una solución estupenda, pues de esa manera a mediodía podría zamparse lo que más le gustara en la trattoria de Enzo.

Los males en el chalet de Pizzo empezaron la mañana del tercer día. Livia, que había ido a ver a su amiga, lo encontró todo revuelto: la ropa fuera del armario y amontonada encima de unas sillas de la terraza, los colchones apoyados bajo las ventanas de los dormitorios, los utensilios de la cocina por el suelo en la explanada que había delante de la entrada principal. Bruno, en cueros y con la manguera en la mano, se dedicaba a regar la ropa, los colchones y las sábanas. Intentó regar incluso a Livia, pero ésta, que lo conocía muy bien, lo esquivó. Laura se hallaba tendida en una tumbona al lado del murete de la terraza, con un paño mojado sobre la frente.

– Pero ¿qué es lo que sucede?

– ¿Has entrado en la casa?

– No.

– Mira desde la terracita, pero ni se te ocurra entrar.

Livia cruzó la verja de la terraza y miró hacia el interior del salón.

Lo primero que vio fue que el suelo se había vuelto casi negro. Lo segundo, que el suelo estaba animado, es decir, que se movía en todas direcciones. Después ya no vio nada más porque, tras haber comprendido de qué se trataba, lanzó un grito y huyó corriendo de la terraza.

– ¡Pero si son escarabajos! ¡Miles!

– Esta mañana al amanecer -dijo Laura con dificultad, pues apenas le quedaba aliento-, desperté para beber un vaso de agua y los vi, pero aún no había tantos… Desperté a Guido, intentamos poner a salvo todo lo que pudimos, pero no lo conseguimos. Seguían saliendo de una grieta del suelo del salón…



7 из 175