
– ¿Y ahora Guido dónde está?
– Se ha ido a Montereale; ha llamado al alcalde, que ha sido muy amable, y vuelve enseguida.
– Pero ¿no podía llamar a Salvo?
– No se atrevía a llamar a la policía por una invasión de escarabajos.
Un cuarto de hora después llegó Guido. A sus espaldas había un vehículo del ayuntamiento con cuatro barrenderos armados con bidones de desinsectación y escobas.
Livia se llevó a Laura y a Bruno a Marinella mientras Guido se quedaba en Pizzo para coordinar las operaciones de desinsectación y limpieza de la casa. A las cuatro de la tarde él también se presentó en Marinella.
– Salían precisamente de la grieta del suelo. La hemos rociado con dos bidones enteros y después la hemos tapado.
– ¿Y no habrá otras grietas parecidas? -preguntó Laura, no demasiado convencida.
– Quédate tranquila, hemos mirado bien por todas partes -contestó Guido en tono definitivo-. No volverá a ocurrir. Podemos irnos tranquilamente a casa.
– Pero ¿por qué habrán salido…? -terció Livia.
– Uno de los empleados me ha explicado que anoche el chalet debió de sufrir un imperceptible movimiento de dilatación y asentamiento que provocó la grieta. Y los escarabajos que estaban bajo tierra subieron atraídos por el olor de la comida, de nuestra presencia, vete tú a saber.
Al quinto día hubo una segunda invasión. Esa vez no de escarabajos, sino de ratones. Al levantarse, Laura vio unos quince por toda la casa, chiquitos y hasta graciosos. Huyeron a toda prisa por la puerta cristalera de la terraza en cuanto ella se movió. Encontró otros dos en la cocina, comiéndose las migajas de pan. A diferencia de casi todas las mujeres, a Laura los ratones no le causaban demasiada impresión. Guido llamó nuevamente al alcalde, fue a Montereale y regresó con dos trampas para ratones, cien gramos de queso picante y un gato pelirrojo, simpático y paciente, que no reaccionó de mala manera cuando Bruno trató enseguida de sacarle un ojo.
