
– No soy doctor.
– Me pareció… Qué lástima.
Ella miró un relojito de aparatosos brillos que le encarnaba más arriba de la muñeca.
– Hoy empezamos y no conseguimos un escribano todavía.
– Pero hay. En Playa Bonita tiene que haber.
– Claro, pero yo digo un amigo, alguien que haga de escribano… Total, es para firmar la planilla cada hora y quedarse ahí, en la silla.
Las flores de las tetas flamearon un poco más. La rubia metió los dedos entre el pelo de raíces oscuras y revoleó la melena para dar frente al viento.
– No creo que yo sirva para eso -dijo Algañaraz turbado, divertido-. Además, va a tener que suspender esta noche…
– Cagamos entonces. El club está alquilado desde hoy.
Ella lo miró con todos los ojos que tenía y volvió a pasarse la mano por el pelo. De pronto se dio vuelta y entró en la boletería. El periodista se quedó quieto en el lugar. Ya se iba cuando ella lo llamó.
– Venga, señor, mire.
Algañaraz se acercó a la ventanilla.
– A usted le parece, tanto esfuerzo… -y abría el cajón para que el otro viera la poca guita, se inclinaba y le mostraba las tetas.
El pibe sintió un cosquilleo leve pero prometedor allá abajo. No se decidió. La rubia lo semblanteó otra vez entre los barrotes.
– Venga, mire si le miento.
Fue. Ella no mentía. No cabía tampoco. Ni en la boletería, ni en el vestido repentinamente abierto en la espalda. Sin decir nada, los dos miraban el cajón en el que naufragaban tres o cuatro billetes arrugados.
Algañaraz desvió la mirada y puso bruscamente la mano sobre las flores, la dejó correr hacia abajo, apretó un poco. Ella se volvió sin levantar la cabeza, dijo no sé qué de la guita, se acomodó para que la mano de él se perdiera bajo el vestido buscándole la raíz de las margaritas, hacía como si nada.
Forcejearon un poco más, las caderas de ella cerraron violentamente el cajón, se apoyó en la pared. Algañaraz quedó frente a ella, sin tocarla.
