
En ese momento se levantó un poco de viento y el papel que cubría una mesita ubicada a un costado de la pileta flameó levemente y una especie de reloj de cartón con una gran aguja detenida arriba, en el número cero, se tambaleó. La ráfaga se hizo más fuerte y Algañaraz pensó que todo podía irse literalmente al carajo. Dio vuelta a la pileta, agarró el reloj, lo alejó del agua, puso medio ladrillo sobre la mesita y apoyó un pizarrón escolar que estaba sobre dos sillas, en el suelo. Ahora la ventolera era intolerable, las lamparitas saltaban en el aire como si rebotaran y el agua se llenaba de olitas temblorosas. Algañaraz pensó que antes que ese Pescadito Pérez o Gómez o como mierda se llamara pusiera los huevos en remojo no quedaría nada alrededor de la pileta: ni mesa, ni tablones, ni gente. Ese viento se llevaba todo.
Cuando regresó hacia la salida, la rubia había dejado la boletería y conversaba en el portón con tres muchachos que se la comían con los ojos. Tenía un vestido floreado y estrecho que el viento le apretaba todavía más. En el culo cabían tantas margaritas como el resto del cuerpo. Algañaraz la rozó al pasar y ella se dio vuelta.
– ¿Y?… ¿Lo esperamos?
El periodista volvió la cabeza a la pileta, al cielo.
– Va a haber tormenta.
– Y bueno… Si llueve, igual va a estar mojado el Mojarrita.
Y la rubia se rió fuerte, con una especie de ladrido entrecortado. Los muchachos ladraron también, pero mal. Ella se puso teatralmente seria.
– Rajen ustedes, pendejos. Vamos, vamos.
Algañaraz vio cómo los despedía, con la presteza y autoridad de la dueña de un quilombo. Los machitos del coro se fueron cuesta abajo y viento a favor, la pijita entre las piernas. Los dos los miraron irse.
– Señor… doctor -dijo ella sin ladrar ni golpear las manos, con otra voz.
