¿Quién eres? -preguntó él-. ¿Qué hacías sola en el desierto?

Lleno el estómago, Sabrina se sentía menos débil y asustada. Pensó en mentirle, pero nunca se le había dado bien. Podía negarse a contestar, pero la mirada de Kardal la intimidaba. Lo más sencillo sería contarle la verdad. O, al menos, parte de ella.

– Estoy buscando la Ciudad de los Ladrones.

Esperó una reacción de interés o incredulidad. Pero no que echara la cabeza hacia atrás y soltase una risotada que resonó por todo el desierto. Los hombres se giraron hacia ellos desde el campamento. Al igual que los caballos.

– Ríete si quieres -espetó Sabrina-. Es verdad. Sé perfectamente dónde está y voy a encontrarla.

– Esa ciudad es un mito. Hace siglos que la buscan personas de todo el mundo. ¿Qué te hace pensar que una chiquilla como tú va a encontrarla cuando ellos no han podido?

– Algunos la encontraron -insistió Sabrina-. Tengo mapas, diarios.

El hombre bajó la mirada hacia el cuerpo de Sabrina. Llevaba una camiseta, unos vaqueros y unas botas de montaña. Tras ella, sobre la arena, se extendía su manto. Lo necesitaría más tarde. De hecho, la temperatura ya estaba bajando.

– ¿Y dónde dices que tienes los mapas y los diarios? -preguntó con irritante amabilidad.

En las alforjas.

– ¿Te refieres a las alforjas del caballo que has perdido

– Sí -Sabrina apretó los dientes.

Eres consciente de que te va a costar todavía más encontrar esa ciudad novelesca sin los mapas, ¿verdad?

Perfectamente consciente -replicó ella, cerrando las manos en puño.

Y, sin embargo, sigues empeñada en buscarla. -Kardal enarcó las cejas.

No me rindo con facilidad. Te juro que volveré y la encontraré.

El secuestrador se puso de pie y la miró desde arriba.



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