– Hazme el honor -contestó él burlonamente al tiempo que le ofrecía un trozo de carne. Sabrina supuso que debería haberse negado, pero tenía el estómago demasiado vacío. De modo que se agachó y comió la carne, asegurándose de que sus labios no tocaran los dedos del hombre en ningún momento

– . Soy Kardal. ¿Cómo te llamas?

Se tomó un tiempo en responder. Después de tragar, se humedeció los labios y miró con apetito hacia el plato. Aunque no tenía claro por qué, no quería decirle quién era.

– Sabrina -respondió por fin, con la esperanza de que no relacionase el nombre con la princesa Sabrá de Bahania-. No pareces un nómada -añadió para distraerlo.

– Pues lo soy -el hombre le ofreció otro trozo de carne.

– Apuesto a que te has educado lejos de aquí. ¿En Inglaterra?, ¿Estados Unidos quizá?

– ¿Por qué lo dices?

– Tu forma de hablar. Las palabras y la sintaxis que utilizas.

– ¿Qué sabes tú de sintaxis? -contestó sonriente el hombre.

– Aunque no te lo creas, no soy idiota -repuso ella tras masticar y tragar-. Tengo estudios. Sé cosas.

– ¿Qué cosas, pajarillo? -el hombre le lanzó una mirada que pareció apoderarse de su alma.

Yo…

Se libró de contestar gracias a que el secuestrador le ofreció un trozo de lechuga. Esa vez, en cambio, tuvo menos cuidado y el borde de su dedo índice le rozó el labio inferior. Nada más notar el contacto, sintió algo extraño en su interior. Había envenenado la comida, pensó. Seguro que habían condimentado la comida con algo mortal.

Pero tenía tanta hambre que le daba igual, siguió comiendo hasta vaciar el plato y luego un segundo vaso de agua. Aunque había supuesto que el hombre regresaría con sus compañeros nada más terminar la cena, se que-entado frente a ella, examinándola.

Se preguntó si tendría muy mal aspecto. Tenía pelo enredado y estaba segura de que su cara estaría manchada de polvo después de la tormenta de arena. Le era indiferente si le resultaba atractiva a su secuestrador. Era mera vanidad femenina, nada que ver con el hombre que tenía delante.



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