
Sabrina Johson, también conocida como la princesa Sabra, única hija del rey Hassan de Bahania, era lo peor que se podía haber cruzado en su camino. Una mujer caprichosa y con menos inteligencia que un cocotero.
Suponía que lo más sensato sería devolverla a su padre, aunque sabía que el rey no haría nada por corregir su conducta. Tenía entendido que el rey Hassan se desentendía por completo de su hija, a la cual dejaba que pasase la mayor parte del año con su madre en California. Seguro que llevando una vida desenfrenada, al igual que la ex esposa del rey.
Kardal abrió los ojos y alzó la vista hacia el cielo. Las estrellas brillaban. Era un hombre del nuevo siglo, como cualquier otro, atrapado entre la tradición y el progreso. Iba en busca de la sabiduría e intentaba actuar en consecuencia en todas las situaciones. Pero cuando pensaba cómo desperdiciaba el tiempo Sabrina en Beverly Hills, viviendo quién sabía qué clase de vida, teniendo aventuras Maldijo para sus adentros. Podía ser que fuese incomprensiblemente bella, pero en el fondo era una niña mimada y caprichosa. No era ni una esposa tradicional del desierto ni una de esas joyas relucientes que la mejor cultura occidental podía ofrecer. No encajaba en ninguna parte y no sabía qué hacer con ella. Si la vida fuera justa, podría haberla devuelto y olvidarse de ella Por desgracia, la vida no era justa y no cabía pensar en esa opción. Era el precio de ser un líder, supuso.
Sabrina se tumbó boca arriba, tirando de la cuerda que los unía. Kardal no se movió. Suspiró disgustada, pero no dijo nada. Con el tiempo su respiración se relajó y se quedó dormida. Al día siguiente se presentaba interesante, pensó él con ironía. Tendría que decidir qué hacer con su cautiva. Si es que no lo sabía ya y no quería admitirlo. También estaba la cuestión de que ella no lo hubiese reconocido, aunque tal vez no le hubieran dicho su nombre. Sonrió. Sí no sabía, no sería él quien se lo dijera. Al menos de momento.
