
Sabrina despertó despacio con una extraña sensación de calor y cama dura. Se giró un poco, pero el colchón no cedió ni un milímetro,. Ni se alejó la fuente de calor que la rodeaba.
Procedía de uno de sus lados, como si… Abrió los ojos de golpe. Miró hacia el cielo al amanecer y comprendió que no estaba en su cama en el palacio, ni en su habitación en la casa de su madre. Estaba en el desierto, atada con una cuerda a un desconocido. Los acontecimientos del día anterior se agolparon en su cabeza con la sutileza de una tormenta en el desierto: la emoción de emprender por fin un viaje con el que había soñado desde la primera vez que había oído hablar de la Ciudad de los Ladrones; el cuidado que había puesto en seleccionar las provisiones y elegir un caballo más dócil de lo normal para no tener que preocuparse por una caída. Tenía una brújula, mapas, diarios y mucha voluntad a su favor. Con lo que no había contado era con una conspiración de la naturaleza.
La cual la había llevado a la comprometida situación en la que se encontraba. Atada a un nómada que a saber qué haría con ella.
Se arriesgó a mirar a la derecha. Kardal seguía dormido, lo que le dio la oportunidad de contemplarlo. Iluminado por la suave luz de la mañana, seguía pareciendo duro y poderoso, un morador del desierto. Su destino estaba en manos de ese hombre, cosa que la alarmaba, pero ya no creía que su vida corriera peligro. Ni su virtud. Ni siquiera cuando la había atado había pensado en ningún momento que fuese a abusar de ella. Lo cual no tenía sentido. Debería haber tenido miedo.
Sabrina miró las gruesas pestañas, la curva relajada de su boca mientras dormía. Su piel morena realzaba unos pómulos y un mentón marcados. ¿Quién sería ese Kardal? ¿Por qué la retenía prisionera en vez de acompañarla hasta la ciudad más cercana?
