Él abrió los ojos de repente. Se miraron a menor de veinte centímetros de distancia. Sabrina intentó descifrar la expresión de su rostro, y no lo consiguió. Era muy extraño: si hubiera tenido que decir una palabra para describir lo que veía en los ojos de Kardal, sería desilusión.

Se levantó sin saludarla. Al hacerlo, Sabrina advirtió que debía de haber aflojado la cuerda que los unía, porque estaba tirada en la manta que había extendido sobre la arena. Con un movimiento ágil, él se agachó y le desató las muñecas.

Haz las abluciones de la mañana -dijo Kardal.

– . No intentes escapar. Si lo haces, te entregaré a mis hombres.

– No parece que tengas buen despertar, ¿ Eh? -contestó Sabrina.

Kardal se dio media vuelta y echó a andar sin molestarse en contestar. Sabrina suspiró. No podía decirse que hubiese sido una conversación amigable precisamente.

Obedeció. Agarró un recipiente con agua y lo llevó a un extremo del campamento. Cubriéndose con el manto, hizo lo que pudo por refrescarse. Entre la tormenta de arena, pasar la noche con la ropa del día anterior y la perspectiva de seguir llevándola por tiempo indefinido habría dado cualquier cosa a cambio de una buena ducha.

Diez minutos después, se acercó con precaución a la hoguera. Dos hombres preparaban el desayuno. Sabrina se desentendió de la comida y miró con anhelo la cafetera que había junto a las llamas. La comida no era prioritaria para ella a esas horas, pero no era persona sin una taza de café por la mañana.

Miró a Kardal, lo vio asentir con la cabeza y avanzó hacia la cafetera. Se hizo un hueco entre los hombres para agarrar una taza limpia de una alforja y se sirvió. Estaba caliente, fuerte…

– Perfecto -susurró Sabrina.

Kardal rodeó la hoguera hasta hallarse frente a ella. El manto que lo cubría estaba abierto y se ahuecaba a cada paso que daba.



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