– ¿Elijo yo? ¡Qué democrático!

– Solo intento ser justo.

– Lo justo sería darme un caballo y unas cuantas provisiones e indicarme qué dirección debo seguir -replicó Sabrina.

– Ya has perdido tu caballo y tu camello. ¿Por qué iba a confiarte uno mío?

A ella no le gustó la pregunta, así que la pasó por alto. No tenía sentido discutir que el hecho de perder su caballo y su camello se había debido a la tormenta y no a un error.

– No quiero que me matéis -dijo cuando por fin aceptó la posibilidad de que de veras estuviese esperando a que eligiese su destino-. Y no me apetece ser esclava de ningún hombre -añadió. Claro que tampoco quería volver a palacio y casarse con el anciano. Por desgracia, no tenía muchas opciones.

Se preguntó si su padre se molestaría en pagar un rescate por ella. Supuso que sí, aunque solo fuera porque lo contrario quedaría feo. Eso sí. estaba segura de que si alguien secuestrara a sus amados gatos, movilizaría todas sus fuerzas hasta recuperarlos.

Era muy triste, pensó, que su padre quisiera sus hermanos y a sus gatos más que a ella. Pero Kardal no estaba al corriente de eso. Y no había otra opción. Tendría que decirle quién era y confiar en que fuese un hombre de honor, leal al rey. De ser así, no dudaría en devolverla a su padre. Y a partir de ahí ya se las arreglaría ella para deshacer la boda con el anciano.

Soy la princesa Sabrá de Bahania -anunció por fin, estirando sus ciento sesenta y dos centímetros y dándose aire importante-. No tienes derecho a hacerme prisionera ni a decidir mi destino. Te exijo que me devuelvas a palacio. De lo contrario, me veré obligada a informar a mi padre de lo que has hecho. Mi padre te dará caza como los perros que sois.

Ya – Kardal puso cara de aburrimiento.

– ¿No me crees? -preguntó ella-. Te aseguro que es la verdad.

– Pues no pareces muy regia. Si de verdad eres la princesa, ¿qué hacías sola en medio del desierto?



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