– Ya te lo dije ayer. Buscar la Ciudad de los Ladrones. Quería encontrarla y sorprender a mi padre con sus tesoros.

Hasta ahí era cierto, pensó. No solo quería descubrir la ciudad en sí, sino que imaginaba que sería una buena manera de captar la atención de su padre. Si le hacía ver que era una persona decidida y con iniciativa propia, quizá lograra convencerlo para que anulase el compromiso de matrimonio.

– Aunque fueras la princesa, cosa que dudo, no entiendo qué hacías sola. Está prohibido – contestó Kardal-. Por otra parte, se dice que la princesa es caprichosa, así que quizá estéis diciendo la verdad.

Era una de esas situaciones en las que no podía ganar. Quería que Kardal la creyese, pero no porque la tomara por una niña mimada. ¿Por qué tenían tan mala imagen de ella?, ¿Acaso nadie entendía que no había tenido una vida normal? Dividir su tiempo entre un padre y una madre que en realidad no la querían tener en medio no le había permitido disfrutar de una infancia ni remotamente feliz. Quienes pensaban que era afortunada, solo veían la ropa que la envolvía. Nadie veía las largas horas que había pasado en soledad de pequeña.

Pero no tenía sentido explicarle todo eso a Kardal. No la creería y, aunque lo hiciese, no le importaría.

Consideraré lo que has dicho -comentó él por fin.

¿ Y eso qué significa? ¿Me crees cuando te digo que soy la princesa?, ¿Vas a devolverme al palacio de Bahania?

No -respondió Kardal-. Creo que, de momento, me quedaré contigo. La idea de tener a una princesa de esclava suena atractiva. |

No podía estar hablando en serio, pensó Sabrina.

No. No puedes hacer eso.

¿Qué me lo impide? -Kardal soltó una risotada burlona y se alejó.

Te arrepentirás de esto -gritó irritada. Si no valorara tanto el café, le habría tirado el líquido hirviente a la espalda-. Me aseguraré de que lo lamentes.



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