
– No me rendiré sin presentar batalla – murmuró mientras se apretaba el pañuelo que llevaba atado a la cabeza. Se quitó el manto, lo dobló y se lo colgó sobre un hombro.
Hacia el oeste, pensó, y se giró hacia el sol poniente a su derecha. Tenía que desandar el camino dirigiéndose hacia el suroeste para encontrar la caseta. En el camión había comida y agua, ya que había llevado más de la que había podido cargar en el camello. En cuanto bebiera y comiera un poco, se le despejaría la cabeza y podría decidir qué hacer.
Desoyendo el ruido de sus tripas, partió a paso ligero. El miedo atenazaba sus pies, pero se obligó a espantar sus temores y se recordó que era Sabrina Johnson. Se había enfrentado a situaciones mucho peores. Eso no era verdad, por supuesto. Su integridad física jamás había corrido peligro. Pero ¿y qué si no era cierto? No había nadie alrededor para desmentirlo.
Media hora después lamentó no poder llamar a un taxi. A los tres cuartos de hora reconoció que habría vendido su alma por un vaso de agua. Al cabo de una hora, el miedo la derrotó v asumió que moriría en el desierto. Los ojos le quemaban, la piel le ardía, tenía la garganta completamente seca.
Se preguntó si morir en el desierto sería como morir en la nieve. ¿Terminaría cansándose hasta quedarse dormida? -No tendré tanta suerte -murmuró Sabrina-. Seguro que mi muerte será lenta y dolorosa.
Aun así, siguió poniendo un pie delante del otro, sin prestar atención a los espejismos que se le aparecían a medida que el sol trasponía el horizonte. Al principio vio un oasis, luego una catarata. Después media docena de hombres que se acercaban a caballo.
¿Caballos? Sabrina se detuvo, pestañeó, aguzó la vista. ¿Serían de verdad? Todavía parada, advirtió que podía sentir el temblor de los cascos de los caballos sobre la tierra. Eso abría la posibilidad de que la rescataran. O de algo menos agradable.
