
Sabrina veraneaba en Bahania con su padre, se suponía que aprendiendo las costumbres de sus gentes. Y aunque no podía molestarlo para que se entretuviese en atenderla, siempre había algún sirviente que se compadecía de ella y le enseñaba algo. Por ejemplo, que la hospitalidad estaba garantizada en el desierto.
Por otra parte, el resto del año lo pasaba en Los Angeles, California, donde la criada de su madre le había aconsejado que no hablara nunca con desconocidos. Y menos con hombres. Entonces… ¿serían hospitalarios con ella o debía echarse a correr montaña arriba? Sabrina miró a su alrededor. No había ninguna montaña.
Observó a los hombres mientras se acercaban al galope. Llevaban ropa tradicional, mantos a la espalda. En un intento de distraerse, trató de admirar los caballos que cabalgaban, potentes pero elegantes. Caballos de Bahania, preparados para el desierto.
– Hola -los saludó tratando de imprimir a su voz un tono natural. Entre la sequedad de la garganta y el miedo, cada vez mayor, no se quedó satisfecha del resultado-. Estoy perdida. La tormenta de arena me ha sorprendido. ¿No habréis visto un caballo y un camello por aquí?
No respondieron. Los hombres la rodearon e intercambiaron unas palabras en un idioma que Sabrina reconoció pero no entendía. Eran nómadas, pensó, sin saber si tal circunstancia sería buena o mala para ella.
Uno de los hombres la señaló e hizo un gesto. Sabrina permaneció quieta incluso después de que varios acercaran sus caballos hacia ella. ¿Debía decirles quién era?, se preguntó. Un nómada reaccionaría favorablemente, pero si eran forajidos… Seguro que la secuestrarían para pedir rescate, a pesar de que, dado su aspecto, les costara creer que se trataba de la mismísima Sabrina Johnson, también conocida como la princesa Sabrá de Bahania. Claro que quizá se limitaran a matarla y dejar que su cuerpo se pudriese en el desierto.
