César Vidal


Artorius

PRIMERA PARTE MATER


I

Britannia. En los albores de la Edad Oscura…


La luz es un fenómeno verdaderamente curioso. En ocasiones -y con ese fin la creó Dios – sirve para iluminarnos y permitir de esa manera que veamos lo que nos rodea. Sin embargo, en otras ocasiones, actúa de una manera muy distinta. Resulta tan poderosa, tan impresionante, tan llena de vigor que tan sólo logra cegarnos. Y entonces, de manera prodigiosa, aquello que debería ayudarnos a ver, precisamente nos lo impide. Es lo que ahora mismo sucede con la isla de Avalon. Despide una reluciente luminosidad semejante a la de una piedra preciosa tallada por un magnífico orfebre y expuesta a los limpios rayos del sol. Hasta las olas encrespadas que la rodean se ven sometidas a sus destellos rutilantes. Ese mar esmaltado de gris que tantas veces he contemplado se ha transformado en una sucesión peculiar de extrañas masas amarillas, naranjas y rojas, que se ven surcadas por transparentes tonalidades verde esmeralda. Parece como si las aguas intranquilas se hubieran transformado en una superficie de límpido zafiro semejante a la que algunos santos varones vieron desplegada ante el trono eterno e inmarcesible del Altísimo. Sin embargo, no es Dios el que reina en Avalon. Por supuesto, me consta que Su soberanía se ejerce sobre cada palmo de este mundo convulso en el que habitamos. No dudo tampoco de que Su providencia se manifiesta incluso en medio de los horrores más espantosos que podamos imaginar y sé lo que me digo porque he tenido ocasión de ver unos cuantos a lo largo de mi ya dilatada existencia. Sin embargo, allí, en Avalon, en la isla donde he de intentar hallar alivio para Artorius, reina otro ser. Se trata de la única persona que ha logrado apresar mi corazón entre sus dedos de la misma manera que un pescador diestro puede sujetar una trucha escurridiza o que un niño inocente, pero hábil se apodera de la mariposa multicolor.



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