
Si vuelvo la vista hacia atrás en busca del momento en que todo comenzó, no abrigo duda alguna de que fue mucho antes de que yo viniera a este mundo. En realidad, siempre sucede así. Es cierto que somos tan ingenuos como para creer que todo empieza con nuestra vida, pero la realidad es que nuestra existencia da inicio incluso antes de que nuestros padres llegaran a engendrarnos. ¿Cuando comenzó la mía? Quizá en el momento en que Roma se vio obligada a retirarse de Britannia porque el imperio se resquebrajaba y esta isla perdida en algún lugar de un mar norteño y frío no merecía los gastos que ocasionaba a unas arcas cada vez más exhaustas. En realidad, creo que nunca les interesamos mucho a los romanos. Cuando el gran Julio -la mente más privilegiada de Roma- llegó hasta nuestras costas sólo lo hizo para demostrar que podía vencer con facilidad a un pueblo de barbari que se permitía la intolerable osadía de ayudar a los galos que se le oponían al otro lado del Oceanus Britannicus.
