La recuerdo y no puedo sino sentir la dentellada inmisericorde de la memoria en el pecho y sin embargo… sin embargo, hubo una época en que me proporcionaba el aliento, la alegría, la ilusión, el deseo, verdaderamente invencible, de continuar… pero ahora… Ahora sé que me queda poco, muy poco, para cruzar una distancia mucho más profunda y decisiva, justo aquella que media entre este mundo de mortales y aquel otro en el que perduraremos en razón de lo que fue nuestra vida en éste. En ese mundo de allá -que pronto será el de acá para mí- no me encontraré con el poeta Virgilio y lo lamento vivamente porque durante las décadas que he vivido lo admiré hasta casi rozar la devoción. Sin embargo, no es menos cierto que descansaré de mis muchas tribulaciones y recibiré el perdón definitivo y final del Único que puede otorgarlo, del Único que vivió mucho antes que nosotros y que cuando nosotros nos veamos reducidos a un simple puñadito de polvo en esta tierra, seguirá vivo.

Si vuelvo la vista hacia atrás en busca del momento en que todo comenzó, no abrigo duda alguna de que fue mucho antes de que yo viniera a este mundo. En realidad, siempre sucede así. Es cierto que somos tan ingenuos como para creer que todo empieza con nuestra vida, pero la realidad es que nuestra existencia da inicio incluso antes de que nuestros padres llegaran a engendrarnos. ¿Cuando comenzó la mía? Quizá en el momento en que Roma se vio obligada a retirarse de Britannia porque el imperio se resquebrajaba y esta isla perdida en algún lugar de un mar norteño y frío no merecía los gastos que ocasionaba a unas arcas cada vez más exhaustas. En realidad, creo que nunca les interesamos mucho a los romanos. Cuando el gran Julio -la mente más privilegiada de Roma- llegó hasta nuestras costas sólo lo hizo para demostrar que podía vencer con facilidad a un pueblo de barbari que se permitía la intolerable osadía de ayudar a los galos que se le oponían al otro lado del Oceanus Britannicus.



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