
– Ya sabes lo que tienes que hacer -dijo a la anciana.
– Sí… sí, claro… pierde cuidado… -respondió la mujer.
Luego se volvió hacia mí, se, esforzó por sonreír y dijo:
– Sé bueno.
Contemplé cómo abandonaba el hogar que la iglesia del.apóstol Pedro destinaba a las viudas y a las vírgenes, y se acercaba a los jinetes.
Se pusieron en camino enseguida. Mi madre marchaba a pie precedida por uno de los guerreros y seguida por el otro. Imagino que aquella disposición se debía al deseo de evitar una baga. Pero ¿adónde hubiera podido escapar una mujer en medio de aquella tierra? Sin duda, antes de que hubiera pasado un solo día la habrían capturado con facilidad.
Observé cómo no tardaban en perderse al otro lado de la cuesta, una cuesta blanda sobre la que caían mortecinos los rayos de un sol blancuzco y perezoso. Apenas habían desaparecido cuando sentí cómo la anciana me cogía de la mano y tiraba suavemente de mí.
¿Qué van a hacerle a mi madre? -pregunté a la espera de que pudiera arrojar algo de luz sobre lo que acababa de suceder.
Sin duda, la mujer deseaba inspirarme tranquilidad, pero sólo pude ver en ella a un ser aterrado que, a duras penas, evitaba el prorrumpir en sollozos.
– Nada… nada… Sobre todo tú no te preocupes… -respondió trémula en un tono que constituía una invitación directa a caer en la desazón más intensa.
– No estoy preocupado -respondí-. A mi madre no le va a pasar nada.
– No… nada… -musitó mordiéndose los labios, como si así pudiera evitar que brotara algún comentario no pertinente.
El resto del día se me hizo eterno. Durante las horas siguientes, aquella buena mujer se esforzó por que comiera bien, por que descansara bien, incluso por que caminara bien. Lo único que consiguió fue que sintiera su presencia continua como una piedra pesada colocada sobre mi pecho infantil. Logré darle esquinazo en medio de los rezos sosegados y monocordes de la tarde dormilona. Se encontraba tan sumida en la asfixiante congoja que ni siquiera reparó en que salía de la iglesia sumida en la penumbra mientras desgranaba con los labios preces repetidas infinidad de ocasiones.
