– Déjalo -dijo mi madre volviéndose.

Me parece estar contemplando ahora mismo su rostro. Era blanco, muy blanco, con algunos toques rosados en los pómulos. Sobre aquella cara que se me antojaba extraordinariamente suave y sedosa destacaban unos ojos ovalados de un color suavemente castaño. Entonces, por primera vez sin duda, vi cómo estaban cuajados de lágrimas. Ni una sola -¡ni una!- lograba sobrepasar la barrera de sus pestañas largas y negras. He visto luego a muchos niños -demasiados- reaccionar ante las madres que lloran. En ocasiones, se dejan arrastrar por aquella expresión de dolor que quizá no entienden, pero que temen. En otras quedan paralizados como si acabaran de golpearlos en la cabeza privándoles de la posibilidad de reacción. Finalmente, los hay que intentan consolar a su madre, quizá porque así se consuelan a sí mismos. Yo simplemente me acerqué a mi madre, le cogí la mano y mirando a aquellas pupilas que pugnaban por no verse desbordadas, dije:

– Mamá, no te preocupes. No te va a pasar nada.

La anciana intentó reprimir un sollozo que sonó casi como un resoplido. Mi madre apretó los labios finos y blanquecinos, contrajo levemente los ojos y se inclinó hasta colocar su mirada a la altura de la mía.

– Hijo… -comenzó a decir.

– Mamá -insistí impulsado por una extraña sensación de seguridad que me embargaba desde la raíz del cabello a las plantas de los pies-. Estate tranquila. Todo va a salir bien.

Parpadeó con un gesto que me pareció de desorientación. Entonces no lo entendí, pero creo que deseaba saber. Y muchas cosas, por añadidura. Primero, lo que yo podía conocer de lo que estaba sucediendo y, segundo y más importante, a qué se debía mi extraña seguridad. Durante unos segundos, intentó desentrañar algo que yo mismo no comprendía ni hubiera podido explicar. Luego se inclinó sobre mi rostro, me dio un beso, me abrazó y se puso en pie.



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