
También sucedió algo inesperado en Britannia y es que las viejas familias comenzaron a mezclarse con los romanos. No es que no hubiera sucedido eso de vez en cuando antes, pero, por regla general, las uniones no habían pasado de ser contubernios no siempre reconocidos por la ley. Ni siquiera cuando el emperador Caracalla convirtió en ciudadanos romanos a todos los habitantes del imperio, las circunstancias cambiaron de manera sustancial, pero ahora, acudiendo a los mismos templos a orar y adorando al mismo Dios, resultó cada vez más difícil mantener las barreras existentes entre britanni y romanos. Al cabo de unas décadas, no faltaban los habitantes de la isla que procedían de familias romanas que se habían asentado siglos atrás en Britannia o de estirpes mezcladas en las que jóvenes pelirrojas hablaban en las dos lenguas o jóvenes rubios lamentaban que las águilas de las legiones pudieran abandonar la tierra de sus antepasados. Yo venía de una de esas familias. Digo de una y no de dos, porque nunca se supo a ciencia cierta quién era mi padre.
Sé -a fondo se han ocupado de que lo sepa- que no pocos afirman ahora que fui engendrado por un íncubo, uno de esos demonios que descargan su lascivia antinatural sobre las mujeres y que incluso, en algunos casos, pueden tener hijos.
