Los britanni no tuvieron mucha dificultad en adaptar la antigua religión de los druidas a la traída por las legiones. Es cierto que los romanos prohibieron los sacrificios humanos que realizaban los druidas y que también rechazaron algunos ritos en el curso de los cuales los nativos de estas tierras verdes y brumosas se intoxicaban con poderosas drogas obtenidas del muérdago y de los hongos y tenían visiones. No es menos realidad que se rieron siempre de la creencia druídica en la transmigración de las almas, considerando ridículo que un ser humano pudiera convertirse en otra vida en un animal o incluso en una piedra. Sin embargo, tras aceptar todas esas modificaciones, los britanni no habían tenido problema en descubrir a Hércules o a Mercurio detrás de sus propios dioses a los que siguieron adorando en su lengua nativa. Fue la llegada de los primeros misioneros cristianos lo que alteró aquella situación. Se trataba de gente dura, acostumbrada a las privaciones y empeñada en predicar a un dios que se había encarnado no para seducir mujeres, como Júpiter, o para ayudar a ejércitos, como Marte. No. Se había hecho hombre para morir en una cruz en pago por los pecados de todos los hombres. Acostumbrados a oír que los emperadores eran hombres que se convertían en dioses, aquel mensaje resultó como mínimo chocante. Tanto que algunos britanni no dudaron en quemar vivos o en arrojar al fondo de un pantano a los que lo propalaban, convencidos de que se enfrentaban así a alguna blasfemia extraña e incomprensible, a la vez que demasiado audaz como para no resultar peligrosa.

Seguramente, los fieles de cualquier otra superstición hubieran quedado convencidos por argumentos tan poderosos como las llamas o el fango helado como para no insistir en su predicación. Sin embargo, aquellos misioneros no se dieron por vencidos.



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