Yo no crecí viendo a hombres y a mujeres juntos como sucede con el común de los mortales. Vivía con mi madre en el lugar que la iglesia del apóstol Pedro había destinado a morada de viudas y vírgenes. Se trataba de mujeres que, siguiendo el consejo de otro apóstol, el que cambió su nombre de Saulo por el de Pablo, al no tener quien se ocupara de ellas habían decidido entregar su vida al Señor. Eran buenas hijas de Eva, que lo mismo limpiaban las dependencias del templo -demasiado pequeñas como para requerir mucha atención- que se ocupaban de prestar alguna ayuda a los indigentes que llegaban hasta las puertas de la iglesia. Entre tantas mujeres no había un solo hombre. Ocasionalmente, recuerdo haber visto a uno ataviado con hábitos talares, pero su imagen me resulta distante y apenas me trae remembranzas como la de una caricia de pasada o una sonrisa que me pareció entonces -¿lo era en realidad?- severa. Aquel hombre casi evanescente y algún niño de los que se acercaban hasta la iglesia fue toda la presencia varonil con la que me topé durante mis primeros años. No puedo decir que me encontrara incómodo. A decir verdad, tengo la sensación de que me sentía muy feliz siendo el único hombre en medio de aquellas mujeres. ¿Por qué iba a echar de menos a un padre? En realidad, ¿hubiera sabido responder a la pregunta de qué era un padre? Con certeza, no.

En ocasiones, un olor, un color, un sabor me transportan a aquellos primeros días de mi vida. Se despiertan entonces sensaciones dotadas de un enorme vigor. Desde mi corazón suben, con una rapidez inusitada, el brillo metálico del agua todavía sin secar en el suelo de la iglesia, el aroma pesado de los cirios amarillos regalo de algún eques, incluso la textura del pan crujiente con manteca dorada que me llevaba a la boca y que devoraba en dos bocados. Sí, todo aquello me invade y por un instante me parece que nada ha sucedido, que nada ha pasado, que nada ha acontecido y que, de manera suave y hermosa, he regresado a una época tranquila en la que la salida del sol anunciaba el plácido inicio de una jornada dichosa y su caída era el signo precursor de un descanso rezumante de sueños gratos.



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