Se trataba de la era en que todos los alimentos sabían bien, todas las horas eran hermosas y todos los lugares -salvo, excepcionalmente, los oscuros- resultaban entrañables y preñados de incitantes atracciones. En aquel entonces comenzaba a descubrir el mundo. También en aquel entonces fue cuando vi a los primeros hombres que me impresionaron.

Me entretenía en subir y bajar una y otra vez los tres o cuatro escalones que llevaban hasta la iglesia cuando reparé en ellos. Atraparon mi atención por el motivo de que iban a caballo. Por supuesto, ya había visto antes aquel animal -en contadas ocasiones, pero lo había visto- no obstante, no dejaba de llamarme poderosamente la atención. Los que los montaban iban ataviados con unas capas largas y pardas. Seguramente, sólo pretendían protegerse del viento con aquellas modestas prendas, pero a mí me parecieron un extraordinario despliegue de inusitado lujo. Tan inusitado como el uso de unas espadas largas y relucientes que colgaban de sus caderas golpeando suavemente los flancos de sus monturas. ¡Y además llevaban cascos! Sé que todo esto carece, en realidad, de importancia. Sin embargo, en aquella época esa visión de dos equites no resultó para mí menos prodigiosa de lo que hubiera sido el descenso de dos ángeles procedentes del mismo cielo.

El rítmico sonido de los cascos se detuvo a unos pasos apenas del lugar que yo subía y bajaba con enorme entusiasmo. Pero yo fingí que no me llamaban la atención y seguí ocupado en los escalones de piedra escasamente pulida, limitándome a mirar de reojo a los recién llegados. Tuvieron que dirigirse a mí de manera expresa para que les prestara una atención visible. Fue uno de ellos, de piel rojiza y barba hirsuta, el que pronunció el nombre de mi madre y me ordenó que fuera a buscarla.



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