
El vampiro rugió, golpeándole en la garganta a pesar de los lobos que colgaban de sus brazos. Sus uñas le arañaron el cuello y el hombro, agujereando la carne con violencia mientras él luchaba salvajemente. El macho alfa lo golpeó en el torso con todas sus fuerza, echándolo hacia atrás, lejos de Ivory antes de que esas garras envenenadas pudieran perforarle la yugular.
Ivory se lanzó sobre él, golpeando con su puño, alcanzando el corazón, ignorando el ácido que se vertía sobre los guantes recubiertos y empezaba a quemar rápidamente a través de ellos. El vampiro golpeó y arañó hacia ella, pero los lobos lo sujetaron abajo mientras ella extraía el pulsante corazón negro, lo lanzaba y levantaba la mano hacia el cielo.
El relámpago zigzagueó, golpeó y se estrelló contra el corazón, sacudiendo el suelo. Los lobos saltaron fuera de su camino y el rayo de energía limpiadora saltó al cuerpo, incinerando al vampiro y limpiando sus flechas. Con cansancio, Ivory bañó sus guantes en la luz y luego se hundió en la nieve, sentándose por un momento, dejando colgar la cabeza, luchando por encontrar aire cuando los pulmones le ardían de necesidad.
Uno de los lobos le lamió las heridas en un esfuerzo por sanarla. Ella le ofreció una pequeña sonrisa y posó los dedos en la piel de la hembra alfa, frotando la cara en la suave piel en busca de consuelo. Estos lobos, salvados de la muerte tantos años atrás, más de los que recordaba, eran sus únicos compañeros… su familia. Eran su verdadera manada y no le debía lealtad a nadie más excepto a ellos.
– Ven aquí, Rajá -canturreó al macho grande-, déjame echar una mirada a tus heridas.
Todavía atrapado detrás del escudo que ella había creado para proteger del vampiro a la manada natural de lobos, el alfa rugió un desafío. Rajá lo ignoró como había hecho con tantos otros en el transcurso de los años.
