La manada natural vivía y moría, el ciclo de la naturaleza, y él había aprendido que tales rivalidades insignificantes no le afectaban. Envió al alfa natural una mirada de puro desdén y se arrastró hacia Ivory, tumbándose a su lado para que ella pudiera inspeccionar sus heridas. Ella lo había curado innumerables veces con el paso de los años, así como sus hermanas y hermanos curaban las heridas de la asesina, su saliva contenía los agentes curativos.

Ella raspó nieve del suelo congelado y cavó hondo hasta que obtuvo buena tierra. Mezclando su saliva con la tierra, empapó las heridas y luego lo abrazó.

– Gracias, hermano. Como tantas veces antes, me has salvado la vida.

Él la acarició con la nariz y esperó pacientemente mientras ella inspeccionaba a cada miembro de la manada. La hembra más fuerte, Ayame, que debía su nombre a la princesa demonio lobo, se acurrucó cerca de él inspeccionando sus heridas y pasándole la lengua sobre los demás rasguños que había recibido. Sus compañeros de camada formaban el resto de la manada, Blaez, su segundo al mando; Farkas, el último macho, Rikki y Gynger las dos hembras más pequeñas. Se amontonaron contra Ivory, presionando apretadamente su cuerpo azotado y magullado en un esfuerzo por ayudarla.

La camada, nacidos de padres diferentes, eran muy característicos por sus gruesos abrigos plateados, una brillante caída de espeso pelaje, y por ser más grandes de lo normal, incluso las dos hembras más pequeñas. Todos tenían los ojos azules de sus días de cachorrito, cuando Ivory había rastreado la sangre y muerte de vuelta hasta la guarida, encontrando los cuerpos mutilados de su manada natural de lobos hacía tantos años. Incluso entonces, ya se había convertido en un azote para los vampiros, un susurro, los comienzos de una leyenda; y ellos la habían buscado para destruirla. En vez de eso, habían matado y mutilado los cuerpos de la manada de lobos a los que ella había ofrecido amistad.



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