Jadeando, se echó hacia atrás bruscamente, su cuerpo girando realmente, preparado para huir. El hombre tenía los huesos fuertes de un macho Cárpato, una nariz aristocrática recta, y profundas líneas de sufrimiento cortadas en una cara una vez hermosa. Pero lo que realmente atrapó su atención y la aterrorizó, fue la mancha de nacimiento que se mostraba a través de la camisa rota y fina. Podía ver el dragón en la cadera. No era un tatuaje, había nacido con esa marca.

Buscador de dragones. El aliento salió de sus pulmones en un jadeo largo. Alrededor de ella la nieve continuaba cayendo y el mundo se tornó blanco, todo sonido enmudeció. Podía oír los latidos de su corazón, demasiado rápido, la adrenalina bombeando por su cuerpo, la sangre rugiendo en sus orejas.

Rajá le dio un golpecito en la pierna, indicando que debían abandonar el cuerpo donde yacía. Ella tomó un aliento, aunque sus pulmones apenas funcionaban. Su cuerpo tiritaba realmente. Se dio la vuelta, señalando a los lobos que lo dejaran, pero sus propios pies se negaban a funcionar. No podía dar un solo paso. El hombre de la cara destrozada, el cuerpo demasiado delgado y apenas pulso, la ataba a él.

Levantó la cara a los cielos, permitiendo que la nieve se la cubriera como una máscara blanca.

– ¿Por qué ahora? -preguntó suavemente. Una súplica. Una oración-. ¿Por qué me pides esto ahora? ¿No crees que ya has tomado bastante de mí? -Se quedó de pie esperando una respuesta. El impacto de un relámpago quizá. Algo. Lo que fuera. Su ruego susurrado encontró con un silencio implacable.

Rajá soltó una serie de gimoteos. Márchate, hermanita. Déjalo. Obviamente te perturba. Márchate antes de que el sol esté alto.



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