
Cuando empezó su espiral hacia abajo, un malestar ondeó a través de su cuerpo y luego a través de los lobos. Debajo de ella, a través de las capas de niebla, captó vistazos de algo oscuro inmóvil en la nieve. La nieve comenzaba a caer, añadiéndose a su pérdida de visión, y supo por la sensación de picor que se arrastraba sobre su piel que el sol había comenzado a subir. Cada instinto le decía que aumentara la velocidad y fuera a su guarida antes de que el sol rompiera sobre la montaña, pero algo más antiguo, mucho más profundo, la disuadió.
No podía girar lejos del cuerpo extendido sobre la nieve, que ya estaba siendo cubierto con el nuevo polvo que caía. O köd belső… que la oscuridad lo tome. Jurando con las antiguas maldiciones Cárpatas que habrían conmocionado a sus cinco hermanos en los viejos tiempos, cuando ella era su protegida y adorada hermana pequeña, puso los pies en la nieve y abrió los brazos para permitir que su manada bajara de un salto.
Los lobos se aproximaron al cadáver con cansancio, rodeándolo en silencio. El hombre no se movió. Su ropa estaba desgarrada, exponiendo parte del torso y el vientre demacrados a los brillantes ojos hambrientos. Rajá se acercó, dos pasos solamente, mientras la manada continuaba rodeando el cuerpo. La hembra alfa, Ayame, dio un paso detrás del macho y Rajá giró y le gruñó. Ayame saltó hacia atrás y se giró, desnudando los dientes a su compañero.
Ivory dio un paso cauteloso más cerca, mientras Rajá volvía a olisquear al hombre inmóvil. Había sido una vez un macho poderoso, no había duda acerca de ello. Era más alto que el humano medio por bastantes centímetros. El cabello era largo y espeso, una mata salpicada de nieve suelta y despeinada. Había sangre y tierra adheridas a los gruesos mechones, cubriendo el cabello en algunos lugares. Se inclinó sobre Rajá para conseguir un vistazo más de cerca y algo dentro de ella cambió.
