
– Veo que tienes que recurrir a poner trampas para conseguir sustento estos días, Cristofor. ¿Eres tan lento y nauseabundo que no puedes atraer a un humano para usarlo como alimento?
– ¡Asesina! -La voz del vampiro parecía oxidada, como si sus cuerdas vocales fueran raramente utilizadas-. Sabía que si atraía a tu manada hacia mí, vendrías.
La ceja de ella se disparó hacia arriba.
– Una bonita invitación entonces, Cristofor. Te recuerdo de los antiguos días, cuando eras un joven todavía considerado guapo. Te dejé en paz por consideración a los viejos tiempos, pero veo que anhelas el dulce alivio de la muerte. Bien, viejo amigo, que así sea.
– Dicen que no se te puede matar -dijo Cristofor-. La leyenda que obsesiona a todo vampiro. Nuestros líderes dicen que te dejemos en paz.
– ¿Tus líderes? ¿Os habéis unido entonces, os habéis juntado contra el Príncipe y su gente? ¿Por qué buscas la muerte cuando tienes un plan para gobernar todo los países? ¿El mundo? -Rió suavemente-. Me parece que eso es un deseo tonto, y mucho trabajo. En los viejos tiempos, simplemente vivíamos. Esos fueron días felices. ¿No los recuerdas?
Cristofor estudió el rostro perfecto.
– Me dijeron que fuiste reconstruida, una tira de carne cada vez, más la cara y el cuerpo son como eran en los viejos tiempos.
Ella se encogió de hombros, negándose a permitir las imágenes de aquellos años oscuros, el sufrimiento y el dolor… auténtica agonía… cuando su cuerpo se negaba a morir y yacía profundamente en la tierra, despojado de carne y abierto a los abundantes insectos que se arrastraban en la tierra. Mantuvo la cara serena, sonriendo, pero por dentro estaba inmóvil, enroscada, preparada para explotar a la acción.
– ¿Por qué no te unes a nosotros? Tienes más razones que cualquier otro para odiar al Príncipe.
– ¿Y unirme a los que me traicionaron y mutilaron? Creo que no. Emprendo la guerra donde se debe. -Flexionó los dedos dentro de los ceñidos guantes delgados-. Realmente no deberías haber tocado a mis lobos, Cristofor. Me has dejado poca elección.
