Ivory lo saludó con dos dedos, tocó la delgada línea que le corría por el cuello y se puso el dedo en la boca, chupando la sangre.

– Buen tanto. No vi llegar ésa y tendré que disculparme con mis lobos por regañarles. Pero Cristo, si crees que tu socio de ahí atrás en el bosque va a ayudarte después de matar a mi manada de lobos, te estás subestimando gravemente a ti mismo.

Corrió hacia adelante otra vez, con la mano baja atrayendo y tirando de las pequeñas puntas de flecha, lanzándolas con una fuerza tremenda para que se enterraran profundamente en el cuerpo del vampiro, en una línea recta desde el vientre hasta el cuello. El vampiro rugió e intentó cambiar. Las piernas desaparecieron, fundiéndose en el vapor. La cabeza se arremolinó y desapareció. La niebla vagó desde los árboles en un intento de ayudar a ocultarlo, coagulándose alrededor de su cuerpo, formando un velo grueso. El torso permaneció, esa línea recta desde el vientre al cuello, exponiendo el corazón.

Hundió la espada profundamente, con el peso del cuerpo, la fuerza y el ímpetu de la carrera conduciendo la hoja a través del cuerpo bajo el corazón. El vampiro chilló horriblemente. La sangre como ácido se vertió de la herida, crepitando sobre la espada y salpicando a través de la nieve. El metal debería haberse corroído, pero la capa que la Asesina le había aplicado lo protegía, así como evitaba que esa parte del cuerpo cambiara. Giró el cuerpo con una vuelta de bailarina, la espada sobre la cabeza, todavía atascada dentro del pecho para cortar un agujero circular alrededor del corazón.

Ivory retiró la espada y hundió la mano profundamente.



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