
– Te he mostrado mi secreto -susurró-. Llévatelo a tu tumba. -Retiró el corazón y lo lanzó lejos, levantando los brazos para convocar una espada de relámpago.
El dentado rayo incineró el corazón y luego saltó al cuerpo, quemándolo limpiamente.
– Encuentra la paz, Cristofor -susurró y hundió la cabeza, inclinándose sobre la espada, las lágrimas brillaron brevemente por su perdido amigo de niñez.
Tantos se habían ido. Nada quedaba de la vida que una vez había conocido. Respiró hondo, atrayendo la noche vigorizante y fría para limpiar su espada y toda huella de la sangre del vampiro en la nieve. Recuperó las ocho pequeñas puntas de flechas y las deslizó en los lazos de su pistolera antes de extender los brazos en busca de la piel plateada. Los tatuajes se movieron, emergiendo, deslizándose una vez más sobre su cuerpo con la forma de un abrigo. Permitió que la prenda plateada se asentara sobre su cuerpo lentamente antes de recoger sus armas y ponerse la capucha. Inmediatamente pareció desaparecer, fundiéndose a la perfección con las capas de niebla blanca.
Ivory se movió en silencio, sintiendo la energía hostil que irradiaba de su manada. Estaban siendo atacados y la pared de protección que ella proporcionaba se estaba debilitando. Había lanzado el escudo alrededor de ellos apresuradamente cuando olfateó al segundo depredador. Éste no había estado tan ansioso por la matanza, y si hubiera permanecido a favor del viento, quizás hubiera logrado matar a su manada de lobos salvajes. No podría volver a emplear las flechas con él, la sangre ácida del vampiro habría corroído la mayor parte de la capa protectora. Tenía muy poco tiempo para matar a su enemigo una vez enterraba las pequeñas cuñas mortales en el cuerpo del vampiro antes de que esa sangre ácida corroyera el baño protector y permitiera a su enemigo cambiar.
Zigzagueando entre los árboles, la asesina permaneció sobre el suelo, tomando la forma de un lobo. Con su pelaje plateado sería difícil distinguirla de los otros lobos de la zona mientras se deslizaba entre los árboles hacia el segundo vampiro. Se agachó detrás de un árbol caído estudiando al hombre que lanzaba bolas de fuego a los lobos. Los había acorralado al borde del agua donde el hielo era delgado y peligroso. Pudo ver grietas esparciéndose por el escudo que había lanzado donde el vampiro golpeaba continuamente.
