Al otro lado de la plaza, las parpadeantes luces azules del palacio presidencial del Elíseo se desdibujaban en la noche primaveral. Bernard llevaba días sin dormir. Sesenta y dos horas, para ser más exactos, y no creía que pudiera volver a hacerlo nunca más. Las pastillas para dormir ya no le hacían efecto.

Alguien llamó a la puerta. Había dejado instrucciones de que no lo molestaran. ¿Quién sería?

– Oui-contestó él-. ¿Es urgente?

Como respuesta, la pesada puerta de madera se abrió lentamente. Entró resueltamente su madre, una mujer de pelo blanco, pequeña y muy delgada, de ojos negros hundidos. Sin quitarse el arrugado impermeable, se plantó delante de la mesa en la fría oficina.

– ¡Maman! -exclamó él-. ¿Qué haces aquí?

Desde la zona de recepción más allá de la puerta abierta, varias personas levantaron la cabeza. Él corrió a la puerta para cerrarla.

– Bernard, juro por Dios -dijo ella- que no me puedo creer que lo vayas a permitir.

– Siéntate, maman.

Su madre se quedó de pie y, con dificultad, abrió su bolso, sacó una manoseada carte de séjour, que colocó sobre la mesa.

– Tu padrastro se ha ganado este permiso de residencia. Y Bernard, estudiaste la Biblia. Conoces la ley de Dios.

Su voz temblaba, pero mantenía la mirada fija.

– Con la mano sobre ella, júrame que no vas a deportar a ninguna víctima.

– Sé razonable, maman.

Bernard Berge se dejó caer en la silla. ¿Cómo podía estar enfrentándose a él así?

– ¿No tenía sentido nada de lo que viste de las represiones? -Sus manos temblaban-. Olvídate de este asunto, pero no de tu conciencia.



10 из 325