
– Ahora mismo eso es imposible, maman.
– ¿Cómo puedes decir eso? -Se sentó-. Naciste en Argel. -Negó con la cabeza-. Hablabas árabe con igual fluidez que francés hasta que llegamos a Marsella.
– Este tema es diferente -dijo él-. Estos sans-papiers se quedaron después de que caducaran sus visados. Son ilegales. No como nosotros, los pieds-noirs, que nacimos en Argelia.
– ¿Murió en vano nuestro pequeño André?
Bernard se apocó como si le hubiera abofeteado. Unos fellaghas rebeldes se habían llevado a su hermano pequeño, André, cuando estaba en la cuna, y lo habían arrojado al pozo del pueblo. Les había ocurrido lo mismo a muchos bebes, como represalia por las masacres en el campo de pueblos enteros. Pero cuando se enteró, ya habían pasado años. Nunca dejó de preguntarse cómo su madre pudo vivir con tanto dolor.
– Puede que lleve mucho tiempo callada -dijo ella, como si pudiera leerle el pensamiento-. Te he inculcado unos valores, te he educado en el socialismo. -Negó con la cabeza. Su mirada se ensombreció-. ¿Qué ha pasado?
– Sólo soy un fonctionnaire responsable de una política impopular, maman. Antoine ha vivido tu sueño -le explicó él.
Se levantó, y se preparó para la discusión que estaba teniendo lugar. Su hermanastro, Antoine, dirigía el pabellón de pediatría de un importante hospital y un dispensario en Marsella.
– Pero estos sans-papiers africanos, estos árabes… sólo son gente, ¿non? -Su voz se suavizó, suplicante-. Venimos a Francia como pieds-noirs, pero nunca nos vieron como verdaderos franceses. Éramos intrusos, y todavía lo somos.
– Es la ley, maman. Si no lo hago yo, lo hará otro.
– Eso también lo decían los nazis -dijo ella, negando con la cabeza.
Bernard se acercó a las altas ventanas del ministerio y bajó la mirada a la rue des Saussaies. Hubo una vez en la que la Gestapo detenía a quien quería en el cuartel general de la policía a una manzana de allí. Las luces de faroles proyectaban largos rectángulos temblorosos en los estanques de las fuentes del Elíseo.
