
¿Por qué ella no lo podía entender?
– Madres e hijos -suspiró ella-. ¿Cómo puedes deportarlos?
Bernard tenía un dolor de cabeza espantoso. Se frotó de nuevo los ojos. ¿Por qué no lo dejaba en paz?
– Tenemos leyes en Francia que nos aseguran liberté, égalité, fraternité -le explicó él-. Mi trabajo consiste en protegerlas, en seguir la política del ministerio. Ya lo sabes, maman. Yo no soy el que elabora estas directrices.
– Tienes cara de no haber dormido -le dijo ella, y se levantó lentamente, con la mirada fija en él. Se dio la vuelta y caminó hacia la puerta-. Si tuviera tu trabajo, Bernard, tampoco podría dormir.
– Maman, por favor, sé razonable -dijo él-. Serví en el Palacio de Justicia, trabajé como juge administratif. Debo cumplir la ley.
– Bernard, puedes elegir -dijo ella dándose la vuelta de nuevo para mirarlo cara a cara-. Pero si tomas la decisión equivocada, no vuelvas a profanar mi casa.
Él se quedó en la ventana, y oyó cómo se marchaba arrastrando los pies. Volvieron a él momentos de su infancia que tenía enterrados: los muecines que al amanecer llamaban a la oración, las largas y polvorientas colas para el pan, el sonido de la fuente de mosaico azul en el patio con arcos, los gritos en la oscuridad mientras el souk de su quartier ardía en llamas durante los disturbios.
Sonó el teléfono. Bernard dudó si contestar o no. Al final, lo cogió.
– Le ministre Guittard lamenta comunicar que las órdenes de inmigración no pueden ser ignoradas por más tiempo. -Era la suave voz de Lucien Nedelec, el subsecretario-. A su departamento, directeur Berge, le han ordenado que confirme la política de deportación. Por favor, proceda.
