Buscó a tientas dentro de su mochila, hasta que encontró el móvil encajado al lado del rímel ultranegro. Tras soltarlo del jersey de más que había metido, y que estaba enredado en un manual de codificación del software, finalmente abrió la tapa.

– ¡Aimée! -gritó una voz de mujer-. Soy Anaïs.

– Ça va?-contestó ella, sorprendida de oír la voz de la hermana de su amiga Martine. Del otro lado de la línea, le llegaba el sonido de gente hablando en voz alta-. Anaïs, deja que te…

– Me tienes que ayudar -la interrumpió ella.

Habían pasado varios años desde que Aimée la vio por última vez.

– ¿Qué ocurre, Anaïs?

– Estoy metida en un lío.

Aimée apoyó sus gafas de sol en la nariz y se despeinó el pelo corto y de punta. Qué típico de Anaïs, todo giraba en torno a ella. Un cielo gris, del color del peltre, envolvía el suburbio de Aubervilliers. En cuestión de minutos, el cielo se abrió, y la lluvia cubrió la carretera.

– Ahora tengo trabajo que entregar, Anaïs -le dijo, cada vez más impaciente.

– Martine habló contigo, ¿verdad? -le preguntó Anaïs.

La impaciencia se transformó en culpa. Aunque le había prometido que lo haría, Aimée nunca la había llamado después de hablar con Martine. Anaïs sospechaba que su marido, un ministro del gobierno, estaba teniendo una aventura. Su campo era la seguridad informática, había protestado Aimée, no la vigilancia conyugal.

La recepción de la señal fluctuó y se intensificó.

– Ahora mismo lo tengo complicado -dijo ella-. Estoy trabajando, Anaïs.

No quería interrumpir su trabajo. Gracias a la referencia de un cliente, iba a entregar a la Electricité de France una propuesta de seguridad en sistemas de red. Aimée rezaba para que eso ayudara a que Leduc Detective se recuperara después de un invierno malo.



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