– Por favor, tenemos que vernos -le dijo Anaïs, con una nota de perentoriedad en su voz-. Rue des Cascades… cerca del parc de Belleville. -La voz de Anaïs iba y venía como ropa ondeando al viento-. Te necesito.

– Por supuesto, en cuanto termine. Estoy en las afueras de París -le explicó-. A veinte kilómetros.

– Tengo miedo, Aimée. -Anaïs estaba llorando.

Aimée no sabía qué hacer. Oyó un sonido apagado, como si Anaïs hubiera cubierto el auricular con la mano.

Unos pájaros salieron en desbandada de unos setos. A lo largo del barranco, se inclinaban unos narcisos en ciernes, que bordeaban un musgoso canal para barcazas. Aimée aceleró su Citroën, con las mejillas enrojecidas por el azote del viento.

– Pero Anaïs, puede que me lleve algo de tiempo.

– Café Tlemcen, un viejo bar, estoy al fondo. -La voz de Anaïs se quebró-… coger…

Aimée pudo oír el inconfundible sonido de frenos, de gritos.

– ¡Anaïs, espera! -dijo ella.

Se cortó la comunicación.


* * *

Más de una hora después, Aimée encontró el café con sucios visillos. Salió con cuidado del Citroën de su socio, que estaba ajustado a su metro veinte de estatura, y alisó sus pantalones negros de cuero.

De la calle, entró el sonido de un remix de música hip-hop árabe. El estrecho café daba a la rue des Cascades; a primera vista, no existía indicio alguno de que hubiera una entrada por la parte de atrás. Unas máquinas de pinball, con su revestimiento plateado desgastado en algunas zonas, parpadeaban en un rincón.

Aimée se preguntó si se habría equivocado. No parecía la clase de lugar que Anaïs frecuentaría. Aunque recordaba el pánico en su voz.

Aparte del hombre que le daba la espalda, las mesas redondas de madera del café estaban vacías. Parecía estar hablando con alguien que estaba detrás de la barra. Unos viejos pósteres de boxeo se empezaban a abarquillar y despegar de la pared marrón manchada de nicotina. Aimée respiró el olor a café exprés y a tabaco turco.



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