
No hubo respuesta. Cambiaba de un pie a otro, y miraba a su alrededor. La calle estaba desierta. Inquieta, quería irse de allí.
Aimée caminó por la irregular acera hasta el final de la calle, lamentando haber actuado tan impulsivamente al seguir la pista de Anaïs. Esa búsqueda inútil no la había llevado a ninguna parte. Se daría de tortas… ¿por qué habría accedido a ayudarla? ¡Tenía que hacerse con el contrato de la edf!
La vigilancia conyugal no era lo suyo. La próxima vez se lo pensaría dos veces antes de mojarse. Se giro para volver sobre sus pasos. De camino al coche, hizo un último intento.
A lo lejos, vio que dos mujeres salían por la puerta del 20 bis. Aimée vio que una de ellas era Anaïs, con su rubio pelo iluminado por la farola. La otra, una mujer de pelo negro, llevaba un brillante impermeable negro que se agitaba cuando se movía. La mujer abrió la puerta del conductor del coche que estaba aparcado enfrente, cogió algo dentro, y se lo acercó por encima del techo del coche a Anaïs, que esperaba en el bordillo.
Cuando Aimée estuvo más cerca de ellas, vio que el coche era un Mercedes azul pálido. Anaïs metió el objeto en su bolso, se puso sus gafas de sol, y se fue corriendo sin decir adiós. Extraño, pensó Aimée, ya que estaba oscuro y lluvioso.
– ¡Anaïs! -exclamó Aimée, mientras caminaba a toda prisa para alcanzarla.
Anaïs se giró, reconoció a Aimée y la saludó con la mano.
De un lugar cercano, llegaba el sonido atronador y penetrante de música árabe.
– ¡Apaga esa mierda! -gritó alguien desde una ventana.
La mujer de pelo oscuro cerró la puerta del coche de un portazo y lo puso en marcha; con un destello cegador el Mercedes explotó. El coche se convirtió en una bola de fuego amarillenta con un estruendo ensordecedor. Aimée vaciló, y todo parecía moverse a cámara lenta, aunque podrían haber sido microsegundos. El terror la inundó. Neumáticos y puertas salieron volando como misiles hacia los edificios de piedra. Vio cómo Anaïs se elevaba en el aire, para luego desaparecer. El suelo retumbó.
