
Un barrio con caractère, pensó ella, pero sus orígenes obreros habían sufrido el ataque de lo moderno. Buena parte de los edificios dieciochescos, ennegrecidos por la mugre, del antiguo barrio de Édith Piaf había sido o derribada o renovada.
La luna de abril, como un platillo, ya había salido cuando llegó a la estrecha calle. Al contrario que el ajetreado bulevar, la rue Jean Moinon era tranquila. Aimée se detuvo. El olor a perro mojado se mezclaba con el olor a agua de rosas procedente de un callejón cercano. Se preguntó a qué iría Anaïs ahí.
El cono amarillo de luz de la farola ponía al descubierto la acera rota. Unos coches aparcados ocupaban un lado de la estrecha calle. El número 20 bis, o 20 y medio, recordó Aimée que le había explicado su madre, consistía en dos pisos con muchas ventanas tapadas con ladrillos. Esa era una de las cosas con las que su madre americana bromeaba. Su madre se había referido al número 7 bis, su viejo apartamento, como «una parte aquí y la otra no, como yo». Poco después, cuando Aimée tenía ocho años, su madre había clavado una nota en la puerta del apartamento en la que le decía que se quedara con la vecina hasta que su padre llegara a casa. Su madre nunca volvió.
Aimée se echó hacia atrás y miró el edificio decimonónico. Oscuro y silencioso. Sólo un piso tenía ventanas abiertas, y las contraventanas estaban desgastadas y rotas. Ni conserje ni gardien. Sólo una enorme puerta de madera llena de grafitis plateados.
Puede que Gaston le hubiera dado la dirección equivocada.
– ¿Anaïs?
¿Habrá ido siquiera Anaïs… o ya se había marchado?
Aimée no sabía el código para entrar, así que llamó al timbre de servicio. Esperó mientras miraba cómo el reflejo de la farola bailaba en los charcos de aceite que había entre los adoquines. Enfrente, varios edificios anunciaban apartamentos en alquiler.
