– No lo pasáis nada mal, ¿eh? -le dijo Hagar burlonamente desde donde estaba, cerca del acceso a la azotea, observando las manchas de pintura en el suelo-. Aquí, en la televisión -dijo, dirigiendo sus palabras al cielo-, el director del departamento de atrezo está hecho un verdadero potentado.

Max Levin torció el gesto mostrando su desaprobación y disgusto, cosa que preocupó a Beni, que siempre se esforzaba por no enfrentarse a ninguno de los miembros del equipo, porque «las buenas relaciones hacen ya la mitad del trabajo», como solía decirle a Hagar y a los que alguna vez lo habían oído hablar al inicio de una producción.

– Tendremos que cubrir la mancha con algo, quizá con arena -sugirió Hagar, y anotó algo en la libreta amarilla-. ¿Quieres este sitio? -preguntó después de un rato, después de que Beni lo examinara-. Ahí al fondo -añadió-, hasta juegan al baloncesto; tienen todo un mundo montado aquí, y nosotros sin saber nada.

Él asintió con la cabeza para confirmar que sí quería aquel lugar. Por suerte, y sin saber siquiera por qué, Max Levin había aceptado.


– ¡Corten! -exclamó ahora Beni Meyujas, mirando de nuevo el monitor, y después el acceso a la azotea-. ¿Todavía no ha vuelto? -murmuró, como si hablara consigo mismo.

– ¿Quién? -preguntó Schreiber.

– Avi -respondió Hagar, desde donde estaba, en un rincón de la azotea-; está esperando a Avi, que ha ido a por el proyector portátil.

– Pero si hay luna llena -protestó Schreiber.

– Antes, cuando se fue, aún no había salido -dijo Hagar, echándole una ojeada al móvil-. Enseguida vendrá -añadió, para tranquilizar a Beni-, y seguro que dentro de nada Max traerá el caballo.

Pero se equivocaba. Hacía ya más de diez minutos que Avi, el iluminador, con el proyector portátil en la mano, intentaba convencer al vigilante de la garita de la entrada para que lo dejara pasar.



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