
Beni Meyujas miró hacia un rincón de la azotea. Max Levin había propuesto que rodaran a Guemula andando sobre la azotea del almacén de los decorados. La luna iluminó un cactus plantado en un cubo oxidado, que había sido apartado a un lado para que no saliera en el encuadre, y la superficie manchada de pintura que habían cubierto con arena. Desde aquel rincón de la azotea todavía se podía percibir el olor a humo que salía de la barbacoa.
La primera vez que Beni Meyujas lo acompañó a la azotea y vio asombrado la barbacoa llena de hollín, los restos de carbón y, al lado, el montón de finos huesos que los gatos habían mordisqueado, Max Levin se sintió muy incómodo y pareció arrepentirse de haber permitido que Beni entrara en su reino.
– El chico ése, el cerrajero -se disculpó, y su fuerte acento húngaro se hizo más patente-, tiene un pasatiempo, un gallinero cerca del compresor. Así que los muchachos, ya sabes, mientras esperan, por la noche y a veces temprano por la mañana, hacen tortillas con los huevos de las gallinas. A veces también asan un pollo del corral, no entero, no, sólo las alas o la pechuga.
