
– ¡A la gente le da por comprarse casas y ya ves lo que pasa! Ésa ha comprado una casa y ha encontrado un cadáver.
– ¿Has terminado? -le preguntó el médico a Alón, de criminalística, quien asintió ligeramente.
– Sólo he terminado de fotografiar -contestó, y dejó la cámara con mucho cuidado entre sus piernas. El doctor Solomon intentó estirar las piernas de la mujer. Incluso dobladas como estaban debajo de ella, con unas medias brillantes cuyos hilos dorados resplandecían con la luz del foco y un trozo de piel morena vislumbrándose por un agujero, se podía apreciar lo largas y perfectas que eran. Yacía sobre el suelo de cemento cubierto de polvo, con el ajustado vestido de lana gris, como una estrella de cine haciéndose la muerta. En su cabello negro y liso, que adornaba su cabeza como un halo oscuro, brillaban mechones empapados de sangre, y no hubiera sido difícil imaginar que la masa de la cara era sólo un perfecto maquillaje. Las luces de los focos, que apuntaban directamente hacia la escena, hacían aún más oscuras e intensas las sombras, que daban a las calderas una apariencia de monstruos primitivos.
– Tú la conoces -dijo Balilty en un tono entre interrogativo y afirmativo, y señaló con la cabeza el primer piso, donde estaba esperando Ada Levi.
– Estudiamos juntos la secundaria -se apresuró a decir Michael, antes de que Balilty se interesara por saber si «también con ella tuviste un lío».
– ¿También con ella tuviste un lío? -preguntó Balilty.
– No digas sandeces -dijo Michael con aspereza.
