
– Esto es un palacio -dijo Balilty, con una admiración encubierta por una mueca-. ¿Lo han comprado ahora? Mira qué terreno tienen aquí -después anduvo entre los oxalis y las malas hierbas, señaló un árbol que extendía sus brazos desnudos hasta el segundo piso y dijo-: Es un árbol muerto, hay que arrancarlo.
Linda, la de la inmobiliaria, a quien Michael había recogido con el coche para que le enseñara a Balilty el apartamento que había comprado, le lanzó una mirada hostil. Se detuvo frente al árbol y miró a Balilty moviendo la cabeza.
– ¿Pero qué dices? -se sorprendió Linda-, este árbol es el más bonito del barrio, es un peral silvestre y ahora sencillamente ha perdido las hojas.
Pero Balilty, a quien no le gustaba que le llevaran la contraria, se apresuró a subir por las escaleras exteriores para encontrarse con Ada Efrati.
– Allí arriba, en el tejado, hay una mujer… -dijo, con un tono de voz sofocado y antes incluso de que llegaran al descansillo-. Está… está muerta. Le han machacado la cara. Es horrible. En mi vida he visto… Es horrible… es horrible.
Balilty intercambió unas palabras con ella, entró rápidamente en el piso y, por el amplio pasillo, se dirigió hacia la gran habitación en donde estaba la frágil escalera de madera que conducía al desván.
– ¿Han llamado a una ambulancia? -dijo Michael, sin pretender iniciar una conversación con ella en ese momento.
– No, está muerta -dijo ella-. Enseguida me he dado cuenta… Yo… ya he visto muertos antes. Enseguida me he dado cuenta de que era necesaria la policía -sólo cuando él se volvió hacia el walkie-talkie y pidió que enviaran de inmediato a los del laboratorio de criminalística y al forense, Ada Efrati reaccionó-: ¿Michael? ¿Eres tú, Michael?
Los había recibido junto a la puerta de entrada, debajo de una farola que se encendió en ese momento, aunque aún no era de noche; detrás de ella había una mujer baja y delgada que se rodeaba el cuerpo con los brazos.
