
– Es mi arquitecto -explicó Ada Efrati. La brillante luz de la farola dejaba ver su cara y las pupilas contraídas hacían que destacara el marrón oscuro de sus ojos aterrados. Su voz le resultó conocida, como una especie de débil eco. «Yo la conozco», se dijo Michael, «yo la conozco», y clavó la mirada en la afilada nariz aguileña, en la delicada línea de los labios y en la piel ligeramente bronceada que asomaba por la ancha manga. «Pues claro que la conozco», volvió a decirse, sorprendido.
– ¿No te acuerdas de mí? -dijo ella con una sonrisa desconcertada y con las palmas de las manos unidas en una especie de tenso abrazo, como hace quien pretende controlarse.
– ¿Quién ha dicho que no me acuerdo? ¿Cómo no iba a acordarme de ti, Ada? Ada Levi, claro que me acuerdo, tienes la misma cara… exactamente el mismo… Y los ojos… -se calló y miró la comisura de sus labios, que esbozaban una especie de sonrisa que no llegaba a sus ojos. Y en ese momento, bajo el desván, se desvaneció por un breve instante la escena del crimen, enmudecieron las voces de los del laboratorio de criminalística, se borró todo salvo el fuerte recuerdo de un olor a pomelo, unas manos doloridas, una escalera y al final, Ada; la suavidad de sus brazos y sus piernas, la piel de aceituna bronceada por el sol, un beso repentino, robado, breve, a los pies de la escalera. Sabor a pomelo. Y después, las noches en el campamento de verano, sus dedos temblorosos y torpes agitándose sobre los botones de su camisa e introduciéndose bajo las pequeñas copas de su sujetador blanco. Luego, cuando volvieron a la ciudad, todo terminó. No recordaba los detalles exactos: tenía un novio, en el servicio militar, mayor que ellos.
– Treinta años -le dijo-, y no has cambiado nada. Tienes el mismo…
– Y uno -le corrigió.
Él le lanzó una mirada interrogante.
– Treinta y uno. Fue el campamento del penúltimo curso del instituto, teníamos diecisiete años. De hecho yo tenía dieciséis y medio y tú, casi dieciocho. Ya… me habían contado que… Me habían contado cosas… y yo… yo… estaba, bueno, cómo decirlo.
