Después de tantos años observando escenas del crimen y viendo cadáveres, aún no había conseguido mantenerse indiferente; cuando estaba delante de un cadáver, no lograba ser inmune a la fragilidad y la transitoriedad del cuerpo, ni a la grosera presencia de la muerte, que constantemente se burla de la víctima, quien muere con la ilusión de la pervivencia del alma y hasta pensando que el alma existe. Cada vez que estaba ante un cuerpo, como lo estaba ahora entre las calderas bajo las tejas desnudas, creía percibir cada uno de sus huesos y su calavera sonriendo debajo de la carne. Entonces pensaba en su propia muerte, pensaba con curiosidad en ella y en el modo en que esa muerte haría inútiles todos sus esfuerzos por cambiar de vida. Pasado un tiempo esos pensamientos se invertían. Entonces, protegiéndose de aquella fuerza destructiva, tomaban la firme decisión -aunque no expresada con claridad- de continuar actuando. Ese impulso de actuar surgía precisamente como reacción a la impotencia que le dominaba al ver un cadáver en la escena de un crimen.

Con los años se había dado cuenta de que en los primeros momentos se quedaba petrificado, y esa reacción no le dejaba expresar sus sentimientos; por eso quienes le rodeaban interpretaban esa petrificación como ira contenida con esfuerzo, y sus movimientos lentos y silenciosos, como indicios de concentración. Le desconcertaba pensar que él mismo pudiera desconocer la especial capacidad de concentración que se le atribuía. En las decenas de casos en que Danny Balilty había estado a su lado en la escena de un crimen nunca se había sentido tan desconcertado como al oírle hablar en ese momento (y precisamente sobre asuntos de la vida que nada tenían que ver con el caso que debían investigar). Balilty miraba el cuerpo de la víctima como si fuera un despojo de vaca. A veces a Michael le parecía que las víctimas hacían recaer en él la responsabilidad de proteger su dignidad, y entonces se quedaba en silencio y a la escucha; otras veces se rebelaba e intentaba hacer callar a su compañero. Esta vez se añadía a todos estos sentimientos la carga de que Balilty se negara a dejar de hablar de él, pues se había asignado a sí mismo la tarea de solucionar como fuera la vida de Michael.



8 из 407