
– Quiero enseñarte algo -le había dicho Michael después de comer juntos al mediodía-. No preguntes, acompáñame -pretendía enseñarle el piso y solamente después decirle que lo había comprado. Pero cuando se detuvieron en el semáforo del cruce entre la carretera de Belén y Emek Refaim y Linda, la de la inmobiliaria subió al coche («¿Quién? ¿A quién tienes que recoger?», exigió saber Balilty antes de que se acercasen al cruce), el walkie-talkie empezó a sonar. Y por eso, de camino a la escena del crimen, Michael le contó, breve y directamente, lo del piso que había comprado.
Desde ese momento Balilty no dejó de refunfuñar, e incluso en el desván seguía susurrándole al oído, protestando y recordándole a Michael su agravio («¿Por qué no me has pedido consejo? ¿Es que no sabes que esas cosas no las puede hacer uno solo? Sabes que yo entiendo de esas cosas. ¿Yuval ya lo ha visto?»). Michael no reaccionaba. No apartaba los ojos del cadáver, y tuvo que contener las ganas de vomitar que le entraron frente a aquella masa negruzca y rojiza que una vez fue una cara. A la vista del pañuelo de seda intacto y del vestido de buena lana que ceñía su pecho y sus estrechas caderas, se podía suponer que aquella cara había estado muy cuidada y, tal vez, también había sido hermosa; las piernas, ya rígidas, estaban dobladas bajo el cuerpo en una extraña curvatura.
En ese momento, la incesante palabrería de Balilty sobre el piso le aturdía.
