
Además, en aquel entonces, los niños tomaban sus comidas en el comedor de la casa infantil, salvo la cena de los viernes, en la que sólo se servía sopa de pollo y un insípido pollo hervido (el humus, la tehina y las sabrosas empanadillas de queso llamadas burekas, como las que habían tomado hoy al mediodía, eran algo desconocido). En aquellos tiempos, cuando Moish iba a ver a Aarón a la ciudad, siempre devoraba con glotonería los polos que éste le compraba, y en cierta ocasión en que pasó dos días de vacaciones en casa de la madre de Aarón, Moish había pedido tres veces que lo llevaran al cine. Hoy día tenían cintas de vídeo, y un autobús con aire acondicionado llevaba a cualquiera que quisiera apuntarse a los conciertos de rock celebrados en el anfiteatro, descubierto de un kibbutz cercano. Según Moish, en estos tiempos los kibbutzniks veían más espectáculos al año que cualquier habitante de la ciudad. «Las cosas ya no son como antes», era el comentario que repetía, radiante de satisfacción, cada vez que Aarón comentaba algún cambio.
Y, en efecto, las cosas ya no eran como antes. El antiguo comedor había sido reconvertido en club social y sustituido por un magnífico edificio de nueva construcción. Pero, cuando llegaron a la entrada, Moish dijo en tono amonestador, con repentina vehemencia:
– No vayas a creer que esto es el paraíso.
Y ante el espectáculo de la cena festiva, Aarón reparó en la mirada con que Moish escudriñaba el comedor y en el suspiro que daba testimonio de que no todo era perfecto. Como para confirmar lo que estaba pensando, Moish dijo:
