Havaleh había dado a luz seis veces, pero aún se paseaba por su habitación en pantalones cortos y usaba biquini para ir a la piscina del kibbutz, según había podido apreciar Aarón en el retrato de familia (una ampliación de una fotografía que había sacado Amit antes de incorporarse a filas, le había explicado Moish) que relucía en su marco sobre el televisor de la casita. Havaleh Moish eran de la generación de Aarón y seguían viviendo cono una pareja joven aunque, al propio tiempo, ambos tenían asignado un lugar en el mundo. Moish era director general del kibbutz y Havaleh estaba disfrutando de un permiso de estudios y poniendo al día sus conocimientos de educación musical. El hecho de que él perteneciera a la Comisión Parlamentaria de Educación ni siquiera se había mencionado. Su carrera política no impresionaba a Havaleh, quien había ahogado un gigantesco bostezo después de haberle dirigido una primera mirada de curiosidad.

Al mediodía toda la familia se reunía a comer y, al ver a Amit partiendo en rodajas un pepino enorme, Aarón había recordado la destreza de que hacían gala los miembros del kibbutz al prepararse la ensalada. En las raras ocasiones en que los niños acompañaban a Srulke al comedor, Aarón siempre se maravillaba de la meticulosidad con que los veía partir las hortalizas. Primero pelaban lentamente los pepinos, de manera que las tiras de piel fueran muy finas, luego los cortaban en cubitos pequeños y los mezclaban con cebolla y tomate, y después venía la búsqueda del aceite, y también del limón, si eras de los entendidos. Aarón se sentía torpe y frustrado por sus infructuosos intentos de partir finitas las hortalizas (les arrancaba la mitad de la carne a los pepinos y casi siempre chafaba los tomates) y le enfurecía aquel ritual, que, según descubriría más adelante en sus lecturas, era uno de los rasgos típicos de las comidas colectivas en los kibbutzim. En su visita previa también se había dado a pensar que el individualismo florecía a la hora de preparar la ensalada. Toda la energía individual que no encontraba otras vías de expresión se canalizaba hacia la preparación de la propia ensalada, con parsimonia y exasperante concentración. En ese aspecto todos eran especiales. En otros tiempos, Aarón no había encontrado la manera de traducir su rabia a palabras; no sabía cómo llamarla.



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