Ahora reinaba en la sala una atmósfera de relajada atención, tan sólo turbada por el ocasional llanto de algún niño. Contemplando a Moish, sus rizos grises que antes fueran castaños, los brazos cuyo bronceado resaltaba junto a la blanca camisa, se preguntó por enésima vez, como siempre que visitaba el kibbutz, por qué él no estaba viviendo en aquella paz armoniosa, criando niños, trabajando la tierra y celebrando las festividades de cada estación, envuelto en aquel sentimiento de pertenencia y unidad que todo lo abarcaba. Los kibbutzniks estaban a sus anchas, como de costumbre; aquél era su hogar y él, pese a las miradas amistosas de quienes lo rodeaban, era el niño forastero de siempre, comiendo a hurtadillas los pepinillos y los pimientos rojos encurtidos, porque no se sentía en el derecho de tomar aquella comida que, a fin de cuentas, no había contribuido a cultivar. Y ser el invitado del director general del kibbutz no le consolaba, ni tampoco las desavenencias pasajeras que observaba de vez en cuando, como la discusión de la sobremesa. Mientras Moish preparaba un café turco, Havaleh le había dicho: «Y qué pasa si no quiero ir de viaje al extranjero, y si lo que quiero es comprar una nevera grande con el dinero que mi madre ha prometido darme, ¿qué más te da a ti?». Y Moish le había replicado con sequedad desde al lado de la cocina de gas: «Cuando el kibbutz decida comprar neveras grandes para todos, entonces tendrás tu nevera grande, pero no antes, me da igual lo que tu madre diga o deje de decir». Havaleh, entonces, le contestó en tono ominoso: «Ya veremos».

Tampoco lo que había descubierto en el cuarto de baño le servía de consuelo. Estaba avergonzado de la curiosidad que lo impulsó a abrir el armarito de las medicinas.



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